Quiero escribir, y escribo
de la soledad y el olvido
de mi corazón ungido
con el vino amargo
del dolor dormido.
Y al bajar por el camino
entre zarzas y pinos, bajo la cruz del peregrino,
donde arrodíllanse cansados,
hijos de todo lo divino.
Y llegaré al verde valle,
antes de que el alba raye,
y ceñiré mi talle,
con cristalinas cadenas
de mis lágrimas mortales.
Creeré despertar de un sueño,
de mi cuerpo ya no seré dueño,
y jamás mi alma,
volverá a tener invierno.
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